La infinita adicción a armarla de pedo

Geoffrey es «mi persona».

Esa a quien le hablas primero que a nadie para contarle, igual cuando pasa algo bueno, que cuando pasa algo malo. Incluso hace años, cuando yo estaba en otra relación, me recuerdo llamándole en la madrugada alguna vez para contarle mis problemas. ¿Así o más impertinente? -no me importaba- porque sabía que de él obtendría una respuesta empática, no sólo para mi, sino para todos los involucrados. 

Estoy consciente de que me saqué la lotería en muchos aspectos,  uno de ellos, es que Geoff tiene una capacidad que escasea mucho entre los hombres. A veces (y si no está trabajando), está dispuesto a hablar de un tema hasta que mi intensidad se agota y -quienes me conocen- saben o intuyen las dimensiones galácticas que puede alcanzar mi intensidad. 

Yo siempre pensé que quería eso, alguien capaz de tolerar la verdad al punto en que pudiera conversar de cualquier cosa y por tiempo ilimitado, específicamente, yo creía que hablar de la verdad era equivalente a rascarle a los temas emocionales y escabrosos que surgen en las relaciones; hasta que me di cuenta de que nuestros altibajos emocionales son un fenómeno real, pero no son la verdad.

Hay temas que simplemente surgen porque nuestra mente y nuestro cuerpo se han habituado a recurrir a ellos. Decimos que queremos ser felices y eso es sólo parcialmente cierto. En el fondo, todos escondemos pegajosísimos hábitos emocionales que nos arrastran hacia el drama, la depresión, la rabia o cualquiera que sea nuestra emoción-sustancia de consumo habitual.

Como quien dice: nos gusta hacerla de pedo, nos gusta tirarnos al drama; o quizás no nos gusta, de hecho lo sufrimos, pero igual acabamos haciéndolo, por costumbre.

Nos gusta rascarle a un tema hasta sangrarnos, con la idea de que hablando llegaremos a un mejor lugar; pero al estar poco instruidos acerca de formas efectivas para comunicarnos, sólo nos atascamos más.

Creemos que tenemos que «sacar» las cosas de nuestro hondo pecho y, que cuando logremos expresar nuestra «verdad», quedaremos saciad@s y en paz. Mi experiencia es que , hablar la verdad sirve, es requisito en las relaciones íntimas; pero también hay que estar muy vigilantes de nuestros «loops» emocionales, pues son eso, una espiral sin fondo que siempre concluye en la decepción.

La necesidad de hacerla de pedo se vuelve infinita, un monstruo insaciable que nubla las relaciones y que las va drenando.

Cuando atiendo parejas, me doy cuenta de que podría grabar una de sus discusiones y luego sólo darle play a la grabación la próxima vez que discuten; una misma pelea, un mismo drama se repite, a veces docenas de veces sin encontrar resolución. 

Eso me lleva a pensar que necesitamos dos cosas: primero, educarnos acerca de cómo tener una comunicación efectiva. ¡Sí! No nacemos sabiéndonos comunicar y de hecho, sería más útil enseñar a los niños a hacerlo desde que son pequeñitos, en vez de retacarles la cabeza con información inútil. En resumen: no sabemos comunicarnos efectivamente.

Yo soy fan de la Comunicación No-Violenta de Marshall Rosenberg y Geoff es bastante más experto que yo en el método; pero existen también otras aportaciones útiles, como el método de diálogo IMAGO del Dr. Harville Hendrix y su esposa Helen Hunt, la práctica de la presencia amorosa que proponen los budistas, en fin. Inspirada en esas y otras herramientas, como el ritual de Lakota de la “Pipa de la Paz”, yo misma he creado mi propia versión y la utilizo en consulta. Le llamo Diálogo Sagrado y lo aplico en pareja, entre padres, madres e hijos. 

Es imperativo mejorar nuestras habilidades de comunicación para realizarnos en nuestras relaciones; sin embargo, hay otro trabajo que empieza en el terreno personal, ese trabajo crucial, para quien quiera liberarse de verdad y rockearla en relación, es observar los propios patrones emocionales adictivos y aprender a cambiarlos.

Es verdad, y a la vez es irónico, que para cambiarlos se necesita primero un buen grado de aceptación de los mismos; pero también, mucho compromiso y determinación para ir más allá de ellos. Algo así como pensar: ¡no voy a permitir que este patrón gobierne mi vida y mis relaciones!

Así que te propongo empezar tu auto-estudio con estas preguntas: ¿En qué emoción tiendes a caer de manera sistemática cuando las cosas no salen como quisieras? ¿te enojas, te deprimes?

¿Qué estrategias utilizas cuando tu pareja hace algo que no te gusta? ¿Criticas, juzgas, manipulas, chantajeas? ¿Qué respuesta obtienes del otro ante tales actitudes? ¿Qué podrías hacer diferente?

¡Feliz semana para todos!

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