Me equivoqué, pero ni en pedo voy a aceptarlo.

Iba manejando por el centro del Pueblo Mágico de Metepec, con ánimo de domingo al medio día; ventanas abajo en mi cochecito rojo. Estaba a punto de cruzar un semáforo en verde cuando el tráfico dejó de avanzar de súbito y yo, -por qué no- quedé paradota en las rayas amarillas de los peatones.

¿Te ha pasado? que te quedas atravesad@ en la coordenada más impertinente del planeta con total consciencia de que haces mal, pero sin poder evitarlo ya. 

Quieres que te trague la Tierra, o que los ángeles de la misericordia cívica te asistan, pero lo único que aparece, en cambio, es alguien que está dispuesto a actuar como si nunca hubiera cometido el más mínimo error de tránsito en toda su existencia: el peatón justiciero, un personaje que yo misma he encarnado varias veces, un espécimen más atento y conocedor del reglamento de tránsito que cualquier policía, pero treinta siete veces más furioso. 

—¿Me dejas pasar? —me dijo, mientras era evidente para los dos que yo no tenía para dónde hacerme. Ni pa’ atrás ni pa’ delante, sino directo al calabozo de la vergüenza. 
— No puedo, perdona— le contesté sabiendo que si alguien se equivocó fui yo.
— ¿Me dejas pasar? —repitió, pero esta vez turbo-enojado y añadiendo que yo estaba estorbando el paso de los peatones.

En un micro segundo, traté de armarme del coraje monumental que se ocupa para  admitir un error propio -tengo un voto personal de no defender mi propia estupidez ni la de nadie- pero lo único que salió fue una semi-justificación. 

—Hermano, tú viste que no fue a propósito, ahora no puedo hacer nada. 
—Ahora no, pero si hubieras estado menos distraída de te habrías dado cuenta antes que había un espacio al lado— respondió.

A estas alturas, ya dos señoras se le habían unido en una protesta ciudadana contra mí y él repitió por tercera vez 
—¿Me dejas pasar?

Ante la rabia de una jauría, ahora de tres peatones justicieros, yo vi mi neocorteza -la parte del cerebro que nos ayuda a reflexionar- fundirse gradualmente y quedar casi inhabilitada.

—Lo que tú quieres no es pasar —pensé—porque si quisieras pasar, te habrías dado cuenta que en realidad, hay suficiente espacio como para que cruces y ya habrías hecho.  Pero no, tú lo que quieres no es pasar, lo que tú quieres es hacerla de pedo y avergonzarme porque la cagué.
Lo que yo quiero es que a mi coche le salgan alas y salir volando de esta situación incómoda y peligrosa.

Lo que siguió después fueron unos 10 segundos que parecieron la eternidad en los que yo me debatía entre no contestar nada y devolver el ataque.

Luz verde. Avancé sin más. Con el corazón agitado y en modo “o huyo o te muerdo”; totalmente consciente de la contradicción que había entre una parte de mí que tenía honesta intención y capacidad de asumir mi error y otra, secuestrada por un instinto incontrolable que le obligaba a defenderse.

Reparé en la imposibilidad que tenemos todos los seres humanos para aceptar nuestros errores ante el juicio. Mientras más severo y amenazante, peor la necedad. No conozco a nadie que tras recibir una crítica que viene con en un tono agresivo te responda en automático diciendo: tienes razón, por favor castígame.

Recordé entonces varias frases de Marshall Rosenberg el creador de la Comunicación No-Violenta cuando dice: 

“El castigo disminuye la buena voluntad y el auto-estima; hace que nuestra atención se vaya de la acción en si misma hacia las consecuencias externas”.

En efecto, aunque me sentía culpable y arrepentida, a mi ya no me importaba tanto si me había parado en las rayas peatonales, mi reptil interno estaba atento hacia como las tres personas que formaban el tribunal peatonal del municipio de Metepec iban a atacarme.

No me justifico. Me lleno de compasión por nuestra aún bien precaria condición como humanos, me lleno de deseos de mutua compasión. Por supuesto, me comprometo también a ser mucho más atenta en mi comportamiento cívico, pero renuncio a que la violencia sea jamás el medio que se me impone para aprender.

“La violencia surge cuando las personas se engañan a si mismas creyendo que su dolor es causado por las otras personas y por lo tanto, esas personas deben ser castigadas.”

Marshall Rosenberg 


Uffff… Bienvenidos a este blog, de una terapeuta que como ven, está francamente lejos de ser perfecta ciudadana, pero que tiene la intención de llevar activado para siempre un testigo de su experiencia y compartirlo con todos ustedes. 



Preguntas para esta semana: ¿Has ejercido o estás ejerciendo violencia con la intención de que alguien cambie un comportamiento que a ti te disgusta o produce sufrimiento? ¿Estás segur@ de que esa persona es la causa de tu dolor o incomodidad? ¿Es el juicio y después castigo el camino?




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