A nadie le gusta escuchar un «no», pero aprender a recibirlo es el camino hacia un mundo sin violencia.

Esta mañana me desperté oyendo el llanto de Lía, mi gata, a lo lejos. 

Ella ha sido libre para salir de casa siempre que quiera y sabe cómo regresar; pero esta mañana había desesperación en sus maullidos que, claramente, venían de lejos. 

Quien ame a un gato sabrá de dónde salió la agilidad con la que me trepé inmediatamente al techo para tener vista panorámica de toda la colonia. Yo gritaba su nombre y ella respondía sabiendo que yo la rescataría de cualquier problema en el que se hubiera metido. Sólo necesitaba seguir maullando para que yo pudiera localizarla.

La encontré siguiendo el sonido.  Estaba encerrada en la casa de la vecina de atrás y no podía volver porque el muro que divide mi casa y la suya tiene una pendiente resbalosa que Lía no podía escalar. Si salta o cae en esa casa, no tiene forma de volver. Ya le pasó alguna vez hace mucho tiempo y los vecinos (que no gustan nada de los gatos) me llamaron disgustados para que la recogiera. Desde entonces, jamás volvió a meterse a su jardín. Pero… ahí estaba esta mañana.

Yo desde la ventana le hablaba para calmarla y ella, maullaba desesperada tratando de trepar el muro para volver, pero no podía. Fue entonces cuando la vecina me vio por la ventana y le hice señas para pedirle que me dejara pasar por ella. Su respuesta: NO.

Eso fue todo. Con evidente gesto de molestia, dijo “no” y desapareció dentro de su casa mientras mi gata y yo nos mirábamos desesperadas e impotentes. ¿Qué pretendía esta mujer negándome la entrada a su casa para recoger a mi gata? Era totalmente inverosímil. 

—¿No? — un dolor totalmente físico, pero también de alma se expandió por mi pecho. ¿No? ¡No mames! ¿Cómo que no? 

Pues no. 

Lía y yo nos miramos sabiendo que:
  1. La ayuda estaba negada. La vecina no iba a permitirme pasar a su casa.
  2. Lía estaba adentro y recorrer el muro que nos dividía era prácticamente imposible.
  3. El amor entre gato y humano no entiende el concepto: imposible.

Para hacer el cuento corto: fue increíble, pero Lía logró caminar un gran tramo del muro que, hasta antes, parecía más difícil que cruzar ilegalmente la frontera entre México y Estados Unidos en tiempos de Trump. Cuando estuvo suficientemente cerca, yo tuve que sacar medio cuerpo por una ventana del segundo piso de mi casa para a penas alcanzarla por el pellejo.

¡Lo logramos! En una misión de rescate al estilo bombero del 911, Lía volvió a casa. Todo hubiera sido mucho más fácil si la vecina simplemente me hubiera abierto la puerta y me hubiera dejado pasar a recogerla; pero ya que no fue así, Lía y yo tuvimos que sacar nuestros mejores recursos para reunirnos. 

Tendrías que haberla visto, a la vez temblorosa y decidida caminando por ese muro, llena de miedo y determinación. Tendrías que haberme visto, colgando de la ventana de mi recámara y estirándome más allá de lo que creí posible, pensando que al final, el yoga sirve para muchas cosas, incluyendo rescatar gatos. 

La abracé mientras sentía como nuestros corazones agitados se iban calmando paulatinamente; pero mi psique aún no podía digerir la negativa de mi vecina. Respiré en el dolor que me causa notar cuan cerrados están nuestros corazones humanos a veces; recorrí una lista de posibles motivos en mi cabeza y sin sentirme mejor persona que ella; recordé como recientemente yo misma recibí el descontento de un par de clientes la semana pasada cuando la respuesta que di a sus peticiones fue un claro: NO 

A nadie le gusta el “no”, pero es un derecho que todos tenemos. 

De hecho, hay una diferencia clarísima entre una petición y una exigencia y es, la capacidad que tiene la persona que la recibe para decir que no, sin ser castigad@ o recibir violencia a cambio. 

Claro que me hubiera gustado que mi vecina me dijera: —Con gusto, pasa por tu gata, no hay problema. Pero no fue así y no pienso expresar violencia contra ella (ni siquiera dentro de mi cabeza), no pretendo castigarla por hacer uso de una de las palabras que considero más poderosas en este mundo: NO. 

Así que -por esta vez- voy a alegrarme por que mi gata esté a salvo y a soltar el resto, no sin tratar de entender que seguramente, la entrada de mi gata a su casa le significa una invasión. A much@s nos gustan los animales y nos consideramos afortunad@s el día que alguno nos visita. Pero no es así para todos. Voy a honrar la petición que está detrás de su respuesta: ella no quiere que mi gata entre a su casa,más específicamente, ella quiere respeto a su espacio. Y yo, tengo la intención de dárselo.  Espero que que Lía se empareje con mi intención o al menos le haya quedado claro que no es bienvenida en casa de los vecinos, aunque -si tienes gatos- ya sabrás el nulo el control que una tiene sobre la voluntad de un felino. 

¡Que el dios de los gatos nos ampare a todos!

Mientras, preguntas para la semana: ¿Cómo recibes el “no”? ¿Qué estrategias utilizas para obtener lo que deseas/ necesitas cuando alguien te lo niega? ¿Cómo han sido recibidas tus respuestas negativas: con respeto, con violencia, con insistencia, etc?



Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Sesión 3 | Momisattva

Sesión 3 | Momisattva Mi cuenta Anterior Siguiente MOMISATTVA Prácticas transformadoras para mamás ocupadas Un curso de: Paola Abán

To access this post, you must purchase MOMISATTVA.

Seguir Leyendo »