Hasta la madre

¡Me tienen hasta la madre!

Todos. Amigos, escritores, terapeutas, coches -especialmente coaches-, todos los que dan consejos desde un lugar de superioridad, como si hubieran trascendido todas las dificultades en su vida. Todos los que, negando su temor y resistencia  por el dolor propio y ajeno, recetan sugerencias para evitarlo en vez de investigarlo y atenderlo. Los que no tienen el valor de decir: yo he estado en el mismo lugar y aún no lo resuelvo del todo, yo a veces me confundo, me asusto, me pierdo…

¡Me tienen hasta la madre!


Todos los que repiten ideas pseudo-espirituales, los que implican directa o indirectamente que se puede dejar de sufrir para siempre, que si haces esto o lo otro, nunca más tendrás que enfrentar los sentimientos y situaciones difíciles de la vida, que la vida te va a cumplir todos los caprichos del ego, como si esto fuera un logro espiritual y no un despliegue de narcisismo. Los que encarnan una total falta de ética al vender como absolutas aquellas verdades que saben parciales. Que predican, no lo que saben que es verdad por experiencia, sino lo que quisieran que fuera verdad incluso para si mismos.  

¡Me tienen hasta la madre con su coaching coercitivo y su mala explicación de la Ley de Atracción, no porque no exista, sino porque aunque exista, igual hay un nivel de sufrimiento que es i-ne-vi-ta-ble y es la no aceptación del mismo lo que nos mantiene corriendo como ratones atrapados en una rueda.


¡Me tienen hasta la madre! Todos. Los que venden y los que compran una espiritualidad que ofrece soluciones sin práctica y sin constancia, sin aprender a estar con lo incómodo. Quienes buscan frutos sin cultivarlos. 


¡Me tienen hasta la madre! con su New Age y su creencia en la permanencia de las revelaciones que dan las sagradas medicinas, sin trabajo y cambios en la vida práctica. 

También los fanáticos ¡Me tienen hasta la madre! Todos. Los que imponen o adoptan los principios espirituales como reglas unívocas, y rígidas. Como requisitos en vez de como aspiraciones. Sì, me tienen harta con sus 8, sus 10 o sus 1000 mandamientos, no porque no sean bellas directrices, sino porque vividos como reglas morales corrompen a través de la culpa, se viven desde un lugar infantil y temeroso.

¡Y como no! hoy particularmente me tienen hasta la madre, los que usan algo tan delicado como la autoridad que les concede el lugar de maestro o guía, para chulearse a si mismos. Los que manipulan -sutil o groseramente- la verdad y abusan de la poco merecida envergadura de maestros para obtener beneficios-

¡Me tienen hasta la madre! Todos. Los que 5 minutos o 5 décadas después de emprender el camino espiritual, se sienten superiores a cualquiera, los que creen que su camino es el mero bueno, los que olvidan que vamos juntos y, que hasta que no pase el último, no pasa ninguno. Y es que visto de todo, en los círculos disque más espirituales, tintes de machismo, racismo, elitismo, purismo, narcisismo.. 

Pero también… he visto maestros y practicantes fabulosos, que no pretenden colgarse una identidad que no les corresponde, que no se disfrazan de nada, que no manipulan en beneficio propio, que son transparentes, eso, transparentes, no ocultan ni su sombra, ni a sus parejas, ni sus carencias y por ello su luz brilla en contraste grande, prístina, impecable, no porque sean perfectos, sino porque no pretenden ser nada, excepto reales. Busca maestros, terapeutas, amigos así, son los que valen la pena.

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