Día 4 de meditación Zen: Mi Kali interna brinca – No soy una víctima

Día 4


Ningún relato zen es un buen relato zen si no hay un personaje que te hace desatinar, pinchando tu ego, todos y cada uno de los días que pasas en el zendo. Ese personaje es Don Erick.

Don Erick es el hombre de confianza del Maestro, es quien literalmente te da un lugar en el dojo (salón) de meditación.  Se encarga también de repartir y supervisar todas las tareas en el zendo. Todos los días a las 7 am, después de leer los sutras, hacer chi kung y meditar, cada alumno se dirige a realizar alguna labor asignada, como limpiar los cuartos, los baños, arreglar los jardines…


A mí me ha tocado el jardín zen. Quizás has visto uno, no se trata de un lugar lleno de plantas, sino por el contrario, es un espacio cuya superficie está cubierta de arena o grava y sobre el cual yacen algunos elementos como pilas de rocas que se colocan una sobre otra con la intención de meditar y relajarse.

Mi tarea es cuidar de este jardín, limpiarlo, sacar todas las yerbas que crecen entre la grava, rearmar los pilares que tira el viento. Todos los días algo cambia en el jardín y uno se vuelve testigo de la naturaleza impermanente de todo lo que existe a través de él. Cambia, todo cambia, la única constante en este Universo es el cambio.

Los primeros días estoy complacida, mi tarea es sofisticada y artística -no como lavar los baños- yo estoy a cargo del jardín zen. Lo que no tomaba en cuenta es el carácter acechador de Don Erick, que todos los días pasa varias veces al lado del jardín y me hace saber, no sólo lo mal que lo estoy haciendo, sino también como eso da evidencia de lo terriblemente defectuosa que debo ser yo y mi vida.

Siempre he sentido una rabiosa aversión por ese acto de soberbia mediante el cual las personas -especialmente los terapeutas- llegan a conclusiones contundentes acerca de una persona y de su vida, basándose en reglitas que son un cliché de la terapia. Por ejemplo, Don Erick había asumido cuando me registré, que tengo conflictos con mi madre porque en la lista me anoté sólo con mi apellido paterno (por practicidad). El problema no es lo que él piense, nadie controla su mente llena de proyecciones, el problema es cuando uno asume que las confabulaciones de su mente son una verdad y que luego se atreva a verbalizarlas esperando encima que los otros las acepten.

Estoy irritada, cada mañana ante su presencia. Ayer me ha dicho que el jardín representa mi cuerpo y que es claro que me abandono por como tengo el jardín. Me ha dicho también que todos le llaman el «Maestro Dinamita»–por el TNT, trato con Tercos, Necios y Testarudos– me dice. Yo no acabo de decidir como responder ante la claridad de sus ataques. Una parte de mí quiere demostrar que no soy una persona reactiva ante las provocaciones y quiere sentir reverencia ante alguien que se ha sentado por décadas a hacer zazen, otra parte de mí dice: ¿ah sí? ¿has meditado mucho? pues no parece…

El colmo fue hoy. Ya que en el zendo no hay tijeras, he tenido que tomar un machete para cortar el pasto. El Maestro Dinamita pasó a mi lado diciendo en un tono francamente hostil: ¡Quita tu machete, voy a pasar! Y despectivamente me dice luego: –Mujer con machete– y se sigue con una serie indicaciones acerca de lo que una mujer no está autorizada para hacer, por ejemplo, decir la palabra «güey».

En menos de 2 segundos encuentro un camino para odiarlo. Mi alma agradece que el debate interno termine, ahora estoy clara, no voy a hacer la más mínima reverencia,  ni a poner en el lugar de maestro a nadie que tenga expresiones misóginas.

Entonces me dice –Así andas por la vida ¿verdad? con el machete afuera…

Por primera vez le contesto enfurecida: –Sí, cuando se ocupa saco el machete (mi Kali interna da brinquitos de gusto)  y entonces, el da la estocada de muerte a mi trance diciéndome: –A tí no se te puede decir nada ¿verdad?.

Yo me paralizo. Mi padre, en distintas formas durante mi adolescencia, me decía esa frase: » A tí no se te puede decir nada.» Implicando que en mí había tremenda arrogancia, una total incapacidad para recibir la sabiduría de los mayores, una soberbia despreciable. Estoy atónita. El Maestro Dinamita me confronta porque actúa como mi padre cuando yo era una adolescente, tratando de imponer su sabiduría con un lenguaje que yo no comprendía, que no aplicaba a mi vida práctica, pero sobre todo, sin la más mínima curiosidad acerca de quien era yo y cuáles eran mis motivos para nada.

37 años y venir a darte cuenta en un retiro de meditación que tienes asuntos irresueltos con tu padre, y por lo tanto, sí, con la autoridad y con lo masculino -ahora la de los clichés psicológicos soy yo-.

Guardo silencio, llevo mi descubrimiento conmigo al vacío de la meditación, respiro, conmocionada pero sabiendo que esta vez puedo hacerlo diferente, que no tengo 15 años, ni estoy paralizada ante una autoridad que no puedo digerir. ¿Qué voy a hacer esta vez? ¿Quién soy yo frente a este modelo masculino? ¿Quién soy yo frente a una autoridad impositiva o poco curioso? ¿Quién soy ahora? ¿Quién soy?

Definitivamente, no soy una víctima.


Una víctima es la persona que se identifica con las limitaciones y las heridas del pasado.

Y yo.. tengo que hacerlo diferente esta vez… Puedo hacerlo diferente esta vez…

(Continuará)

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