El día que dejé de Esperar

Hay una verdad que tenemos que asumir: nuestro tiempo en este cuerpo físico es limitado. 

Es quizás por ello que alrededor de los 40 años mucha gente experimenta una especie de crisis que, más bien, es un llamado del alma, hacia una imperiosa necesidad de vivir, no la vida que se supone que debemos vivir, sino la que realmente anhelamos. Al llegar a la mitad del trayecto, empezamos a cuestionarnos si la realidad se parece a lo que verdaderamente queremos ser y manifestar.


He visto a mucha gente pasando por la vida en «modo de espera». Postergando sus deseos más profundos, en la víspera de un momento más «adecuado». no hablo de la paciencia del que activamente siembra hasta que sus proyectos florecen, del que entiende los ritmos y sabe cuándo hacer y cuándo soltar. Hablo de la falsa idea de que un día seremos mejores, más aptos y que cuando sea así, el éxito vendrá con mayor facilidad.

Este es el tipo de pensamiento que puede mantenernos paralizados durante décadas sin manifestar nuestro verdadero potencial.

Para mí fue una decisión clara. Un día dejé de esperar, a ser más sabia, a estar más preparada, más clara, dejé de esperar que las condiciones fueran más favorecedoras para expresar lo que realmente anhelaba hacer, en mi caso, tener un centro, acompañar a otros en terapia, escribir…

Ahora pienso en los primeros clientes a los que atendí y estoy segura de que con la experiencia y conocimientos que tengo hoy, hubiera podido hacer cosas más efectivas por ellos y, sin embargo, hay también una sensación de satisfacción y armonía, de total aceptación y gratitud por el proceso de ser lo que se es en cada momento.

No estoy de ninguna manera invitando a la mediocridad, lo que quiero decir es que si seguimos esperando a lograr la perfección para hacer aquello que sabemos que nuestra alma tiene pendiente, puede ser que la vida se nos vaya sin cristalizarlo jamás. Estás list@ para compartir tus dones con el mundo, desde un lugar de humildad y sensatez y también para darte permiso de vivir las experiencias que has anhelado como viajar, expresar tu sentir, manifestarte artísticamente, etc…

En este caso, he hablado sobre todo del aspecto profesional, pero hay muchos lugares sutiles que pueden ser tocados por esta decisión de no esperar más. 

Esperar es un estado que va en contra del flujo natural de la vida y, lo que se estanca, se enferma.

Así que ya no espero una ocasión especial para usar mi ropa favorita, ya no espero cuando una persona llega tarde o en la fila de un banco… en vez de dejar que mi mente caiga en la dispersión de la víspera, hago algo que realmente deseaba hacer, mandar un mensaje a un amigo, verificar mi agenda, o simplemente contemplar meditativamente. No por una compulsión de hacer, sino porque tengo clarísimo el valor de cada minuto de mis días.

Ya no espero la fama, ni la pareja ideal, ni la iluminación, ya no espero nada y sin embargo, estoy abierta a todo. 

Va más allá de promover la urgencia, en lo profundo, dejar de esperar es sencillamente sintonizarnos con el presente tomar lo que hay, vivir lo que es. Puede cambiar por completo tu experiencia de las cosas.

La Tarea Terapéutica de esta quincena es precisamente dejar de esperar. Experimenta lo que sucede si por estos días decides no esperar y haces un uso consciente e intencionado de cada minuto de tu día.

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