Nutrir Emociones Dañinas: El Arte de Sufrir Innecesariamente

Si hay algo difícil de definir, es una emoción. Todos reconocemos por experiencia lo que es sentirnos «emocionales», sin embargo, la emoción es un proceso más complejo de lo que suponemos, puesto que no sólo sucede a nivel del cuerpo, sino que también involucra nuestra mente y nuestras relaciones.


Sin importar nuestra edad, nacionalidad o idioma, todo ser humano reacciona a gestos faciales primarios como una sonrisa o un ceño fruncido, pero a pesar de ser un fenómeno tan universal, pocos de nosotros sabemos cómo funciona en realidad y, ni los mismos científicos han logrado ponerse de acuerdo en una definición para la emoción. De cualquier manera, conocer ciertos aspectos de cómo es el proceso de la emoción, nos puede ser de ayuda para ahorrarnos una gran cantidad de sufrimiento innecesario.

El sufrimiento es parte de la vida -ya lo dijo el Buda- y  basta con observar la realidad para notar que todos los seres humanos experimentamos situaciones dolorosas en algunos momentos. Esto es inevitable, es parte de la condición humana; sin embargo, hay un tipo de sufrimiento que sí podemos evitarnos y es el sufrimiento que nos causamos al extender nuestras emociones difíciles a través del pensamiento.

La emoción es un proceso dinámico, en el que damos respuesta a un estímulo a través de distintas reacciones en nuestro pensamiento, sentimiento y comportamiento. A nivel fisiológico, el cerebro recibe un estímulo, lo evalúa y de acuerdo a ello segrega una determinada mezcla de sustancias, cada uno de estos cócteles químicos es a lo que llamamos: alegría, enojo, tristeza.. Estas sustancias se absorben en el torrente sanguíneo y viajan por el cuerpo provocando sensaciones, noventa segundos después, todos esos químicos son reabsorbidos por el cuerpo y desaparecen.

Estrictamente, una emoción dura eso: noventa segundos y desaparece. Entonces, ¿por qué a veces nos quedamos atorados por horas o días en una emoción? La respuesta es: porque asociamos pensamientos afines a esa emoción y con ello le damos continuidad.

Dicho de otra manera, no estamos en control de las respuestas automáticas que un estímulo nos provoca durante los primeros segundos, pero sí estamos en capacidad de dejar de alimentar una emoción con pensamientos que siguen activando la segregación de químicos iguales.

Un ejemplo práctico: si una persona me avienta agresivamente el auto en la calle, lo normal es asustarse o enfadarse, no puedo evitarlo, pero sí puedo decidir si voy a seguir el resto del trayecto alimentando mi cerebro con pensamientos que hagan perdurar mi enojo. Otro: si acabo de terminar una relación a la cual estoy apegada, es inevitable sentir tristeza o ansiedad cuando toco con un recuerdo o veo a la persona en cuestión, pero si además de eso decido pensar que voy a quedarme sola por el resto de mis días, estoy prolongando el sufrimiento innecesariamente.

Tenemos entonces una tarea importante de distinguir, cuánto del sufrimiento que experimentamos es real y cuánto es una extensión que nosotros mismos provocamos al permitirnos seguir pensando cosas que alimenten nuestra emoción. Salir del hábito de alimentar nuestras emociones difíciles, puede no ser un logro fácil o inmediato, especialmente si llevamos años haciéndolo, mas, para empezar a hacer la diferencia, te dejo esta…

TAREA TERAPéUTICA:
Durante esta semana, cuando atravieses por alguna emoción difícil: ¡nótalo!
Observa: ¿Qué pensamientos vienen a tí en este momento? ¿Cómo te hacen sentir esos pensamientos? ¿Estás completamente segur@ de que son verdaderos?

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