¿Por qué textear nunca ayuda a resolver un conflicto en tus relaciones?

La manera en que la comunicación sucede en nuestras relaciones se ha modificado significativamente en décadas recientes. Gran parte de nuestras interacciones sociales ocurre a través de medios electrónicos. Por un lado, esto facilita algunos procesos comunicativos, pero, cuando de asuntos que emocionales se trata, cuando hay un potencial de conflicto en la conversación, los medios que nos impiden mirar el lenguaje corporal de nuestro interlocutor, no son la mejor opción.


Particularmente, los gestos faciales son una fuente importantísima de información a la hora de interactuar, ya que nos permiten tener un conocimiento más profundo acerca del estado interno de la otra persona.


La cara es la única parte del cuerpo en la que los músculos están directamente conectados con la piel, el propósito de ello es permitirnos transmitir señales expresivas; esta habilidad es exclusiva de los mamíferos que, a diferencia de especies de anterior aparición, como los reptiles y las aves, cuentan con una estructura llamada cerebro límbico, encargado de gran parte del funcionamiento de nuestra vida emocional y afectiva. El cerebro límbico recibe información de los otros seres a través de señales como la postura corporal, la dilatación de sus pupilas, sus expresiones faciales e incluso su olor. A partir de ello evalúa la naturaleza de la intención del otro: ¿pretende agredirme? ¿es amistoso? ¿su acercamiento es sexual? ¿le soy indiferente?

El enojo prepara a un mamífero para el combate y advierte a otros sobre la necesidad de  prevenirse ante un oponente feroz. Los celos alertan al mamífero acerca de una posibilidad de usurpación de sus oportunidades para reproducirse. Otras emociones  como el desprecio, el orgullo, la culpa y la vergüenza aumentan nuestra precisión acerca de nuestro estatus en el grupo y, por último, hay emociones más sofisticadas que sólo los seres humanos pueden sentir, como el fervor religioso o la fascinación ante el arte.

Cuando nos comunicamos a través de mensajes de texto, toda esta información queda perdida, dejándonos con muy pocos elementos para realmente sostener una interacción completa. No sólo se abren grandes probabilidades para errores en la interpretación de los mensajes, sino que se genera un clima de ansiedad, pues está probado por varios estudios que el cerebro límbico precisa tener información que le permita descifrar el estado interno de los seres con los que interactúa. La falta de estos datos, suele generar angustia.  Los mensajes de voz aportan un poco más de información acerca de las intenciones del otro, sin embargo no dejan de ser incompletos.

Es por esa necesidad que los emoticones se han vuelto populares, éstos son la imitación más cercana -aunque nunca suficiente- de un gesto facial.

Hace algunas décadas los científicos Paul Ekman y Carol Izard, trabajando en investigaciones separadas, confirmaron al mismo tiempo la proposición central en la teoría evolutiva de Darwin acerca de las emociones: en todo el planeta, las expresiones faciales son idénticas. Una persona enojada luce enojada para cualquier persona que la observe sin importar su procedencia. Los gestos faciales son el lenguaje universal de la humanidad, un lenguaje al que estamos atentos desde bebés.

No es entonces difícil figurarse por qué las discusiones vía mensajes de texto o de voz rara vez conducen a una mayor conexión o armonía y, por el contrario, van reduciendo nuestra tolerancia a esperar un momento y condiciones más óptimas para comunicarnos.

Así que  la Tarea Terapéutica de esta semana es simple: Evita tratar asuntos en los que se precisa conectar verdaderamente por medios digitales. En vez de apresurarte, observa qué sentimientos aparecen mientras esperas el momento adecuado para comunicarte y, ocúpate amorosamente de ellos.


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